22 oct. 2011

El espejo

Y  se miraba en el espejo del baño, quieto, casi sin parpadear, con los ojos fijos en el reflejo de sus pupilas desafiantes.
Se observaba como a un desconocido.
Se sentía viejo aunque el hombre que le miraba desde el cristal no tuviese más de veinticinco.
Y quizás lo odiaba, asco es probablemente lo que sentía desde hacia tiempo por el tipo que le miraba desde el vidrio sucio.
Desde que llegó allí.

Con las manos aferradas al mármol se observaba mientras se mordía el labio inferior, se contemplaba con la barbilla levantada.
 Altivo.
Sintiéndose estúpidamente superior al que estaba al otro lado y sintió ganas de escupirle a su reflejo.
En cambio, hundió la cara en el agua que casi rebosaba del lavabo, hizo algunas pompas de aire con la nariz, se frotó los ojos, se mojó el pelo muy corto y echó un último vistazo a aquel hombre que dejaría de ser en cuanto saliese por la puerta.

O quizá no…

Viento polar

 Sintiendo el frio,
pisando la nieve
en la ciudad perdida
de ti y de mi.
Dejando que el viento
te lleve lejos.
Con los ojos derretidos
en agua salada,
rodando hasta el suelo
blando y blanco que
se lleva mis miradas.
Andando en el invierno,
en mi propio extravío...
Perdido de todo,
buscando la nada.
Solo el ron calienta
los fantasmas de vaho
que salen de la boca,
a los que busco
tras cada esquina.
Mis propios fantasmas
que se esfuman
en el viento:
como tu memoria.
Y solo el tumulto
rompe la voz
de los recuerdos;
solo, a veces,
llega a mis oídos
el ruido del mundo
que sigue girando
mientras yo camino
en este invierno nuestro,
sin ti.
Que me deja
tras cada esquina
un futuro marchito
que se deshoja. 

Ahora que los besos
son de escarcha
y los abrazos
se desnudaron como
aquellos arboles sin hojas
que se recortan
en el horizonte.
Camino sin dirección
a sabiendas de que
la vida me pasa
por delante y esta vez
no se detendrá.
Ya no tengo
ese sol radiante
de buenos días;
de cuando aun
era verano;
de cuando aun
íbamos desnudos...
porque el frio no dolía
en los huesos,
porque el frio no quemaba
las manos,
porque el frio no existía
si estábamos
desnudos.
Intento seguir en pie
en las aceras de hielo,
las que el ron
hace que se tambaleen
como glaciares de hormigón
bajo mis pies.  

Y la luna me deja,
el cielo se abre
por esos rayos fríos.
Pintándose de ámbar,
dejándome vacio
en este amanecer,
llenando el suelo
de charcos tristes
en los que me hundo
con los dos pies;
mirando el fondo
de mi propio reflejo,
en lo mas profundo
donde ya no hay nada
de lo que fui,
de todo aquello
que se fue quedando
por el camino
que no volveré a pisar.
Sigo tras aquellos pasos
con el espíritu caduco
de quien ya no tiene nada.